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La última pelea de Muhammad Ali

Hace 1 año

El 3 de junio se murió un mago, un poeta, tal vez la mejor ilusión. Muhammad Ali dejó este mundo, mejor dicho esa cáscara que suelen ser los cuerpos ya sin alma que despedimos con ternura, porque el sigue por ahí bailando alrededor del malo de turno, esquivando golpes, desaforado y gritón. Era eso, puro desafío y talento.

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Por Martín Visuara

Pocas veces, durante el siglo pasado, la prensa habló tanto de un deportista. Si la memoria no nos falla, fueron solo tres deportistas, en distintas épocas que concitaron tanto interés. El trío es Muhammad, Pelé y Maradona, los tres llenaron espacios en diarios, revistas, crónicas televisivas y un fervor casi inusitado, por diversos motivos, por varias razones.

Nacido como Cassius Clay, despertó al mundo del box allá en los Juegos Olímpicos de Roma del año 1960, cuando a los 18 años se quedó con el oro de los pesos pesados. Cuatro años después, sin embargo, a los 22, enamoró o mejor dicho comenzó a enamorar cuando demolió al peleador Sonny Liston en solo 8 rounds o en la revancha, en la que Liston se agotó en menos de un minuto. Están las batallas memorables contra Joe Frazier o la pelea en el Zaire con George Foreman.

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Hay, hubo un Ali para todos los gustos. Está el que se niega ir a una guerra injusta y va a la cárcel y pierde su título y también su nombre de esclavo, como el mismo lo definió ya con el nuevo nombre sobre sus hombros.

Está, estuvo el Ali fanfarrón y bocón. Desafiante y payaso, que desaparecía cuando sobre un cuadrilátero comenzaba a bailar alrededor de su oponente, cuando se convertía en una sombra y el contrincante dudaba. Cuando deslumbraba con ese paso mágico que llenaba todos los costados de la historia del boxeo y lo hacía nuevo.

Es, era el que aparecía en tapas y tapas de revistas. En notas en periódicos de todo el planeta. En programas de televisión. Allí en esas páginas olvidadas aparecen sus peleas, sus pensamientos sobre las injusticias y odios raciales. Sus opiniones sobre aquello que los periodistas solían preguntarle.

Hay, hubo varios Muhammad Ali. Cada uno de nosotros, tiene uno propio. Uno que atesora como cuando la magia estaba de moda.

Con Ali se enterró definitivamente un mundo antiguo, cuando en ese ya legendario 8º round, el ex-presidiario Sonny Liston al sonar la campana no quiso salir de su rincón. No quiso seguir haciendo el ridículo ante ese jovencito desafiante, de la misma raza, pero ya diferente. Esa noche de 1964 cambió el mundo para siempre.

Hasta tal punto, que años más tarde, el gran Norman Mailer furibundo periodista y excelente escritor de los Estados Unidos nos contó otra pelea, en el corazón del África en la era pre internet y televisión por cable, ahí Mailer rendido ante Ali, realiza una de las mejores crónicas de vida o de boxeo que se tengan memoria. Allí el intelectual sucumbe ante lo inevitable de una pelea, que se convierte en algo más que una pelea. Es el dramatismo previo a la puesta en escena de una obra salvaje. Esa noche, Ali habrá de reconquistar su título por tercera vez. Y ahí está el gran escritor americano para contar sobre su amor y sobre el valor. Su amor por Ali y el valor de Ali.

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Los más memoriosos elijen ese golpe invisible en el mentón del pobre Liston en la revancha. O las tres peleas, dramáticas y duras peleas contra su archi enemigo Joe Frazier o con nuestro recordado Ringo Bonavena y sus tres caídas en un último round imposible.

Con Ali los años sesenta toman forma. La foto de Ali, en ese momento todavía Clay con The Beatles en un ring, es un símbolo de los entrecruzamientos que durante aquellos años se dieron de forma impensada y rotunda. Ali  logró lo que pocos. Tanto desde un ring, pelea a pelea, como bajo de el, consiguió ser admirado y escuchado. No era el descendiente de esclavos que esperaba la aprobación de los blancos de su país. Era ese que decía a los medios de comunicación: soy hermoso!

Fue un distinto, alguien que emocionó a multitudes ejerciendo esa magia tan de los años sesenta, cuando parecía que nada podría volver a ser igual y que de hecho, fue así. Nada después de esos años volvió a ser lo mismo.

Muhammad Ali se retiró a los 38 años. Ya con signos visibles de su deterioro físico. Asumió su condición de retirado y dejó que los años pasaran. A lo mejor recordaba algunos momentos de sus peleas de tanto en tanto. A lo mejor le volvían a sus sentidos ese momento en donde se negó a ser cómplice de una guerra y dijo no. O tal vez ese día misterioso en el que decidió, en prisión, cambiar su nombre para siempre, pregonar una nueva fe y volver a subirse a un ring, formando la gran leyenda del mejor de todos.

Todas esas cosas, son las que se recuerdan cuando uno ve esa cáscara vacía que es el cuerpo de aquel que inventó algo magnífico cuando la magia estaba de moda entre nosotros. Tenía solo 74 años y la historia del boxeo, le debe todo.

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