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Richard Avedon: el maravilloso arte de robar el alma

Hace 6 meses

Reflejó los cambios de la sociedad del siglo XX a través de la moda en las publicaciones más glamorosas y representativas del rubro como Harpers’s Bazaar y Vogue. Retrató a los personajes más poderosos, a los artistas más famosos y a los intelectuales más importantes durante 60 años. Pero también extrajo el alma de hombres y mujeres de los Estados Unidos profundo. Sus técnicas e innovaciones son un faro en la fotografía moderna.

Por Patricia Melgarejo

El audaz y carismático personaje de Fred Astaire en “Funny Face” (Una cara con ángel, en la versión española) que descubre en una tímida librera, interpretada por Audrey Hepburn, condiciones de modelo, parece haber estado inspirado en el fotógrafo Richard Avedon. De hecho, su nombre aparece en los créditos de este filme, en calidad de asesor. Estamos hablando de 1957, cuando los fotógrafos de moda se convierten en estrellas, tanto que inspiran a Hollywood y, de a poco, sacan a las modelos de su puesto de “mannequin vivant”, para transformarlas en caprichosas celebrities. Al año siguiente, Avedon fue incluido en la popular Photography Magazine entre los 10 más talentosos profesionales del mundo. Y unos años después, en 1964, el famoso fotógrafo dejaría Harper’s Bazaar para sumarse a Vogue USA por un contrato de… un millón de dólares.

Pero el neoyorkino reflejó mucho más que moda en sus trabajos a lo largo del siglo XX; dejó constancia de movimientos sociales, de manifestaciones o la caída del Muro de Berlín, así como de la vida en el Oeste americano profundo con una mirada despiadada pero elegante. Y ni qué hablar de sus retratos, potentes y entrañables, para los cuales utilizó una técnica de fondo neutro, que se convertiría en tendencia y luego en un clásico que hoy se estudia en las escuelas de fotografía.

Poeta y aventurero 

En 1923, Richard Avedon nació en un hogar de origen ruso judío, en la ciudad de Nueva York. Su padre tenía una tienda modesta de ropa, llamada Avedon´s Fifth Avenue, cuyo nombre marcaba cierto sesgo aspiracional. Allí conoció el mundo de la indumentaria desde adentro, con la combinación correcta de colores, mezcla de texturas y tipologías.  A la vez, aprendía fotografía, el hobby de su madre, Anne, y que marcaría el ADN creativo familiar hasta su nieto, Michael, considerado hoy uno de los 100 jóvenes menores de 30 más influyentes de estos últimos años.

Sin embargo, de chico, lo suyo era la poesía, la que no solo leía sino que también escribía, y con la que ganó varios premios.  Su pasión por escribir y tomar fotos lo llevó a la edición de una publicación escolar lo que estaría marcando, después de algunos desvíos, un camino casi predestinado. El poeta adolescente coleccionaba imágenes de moda con las que tapizaba las paredes de su cuarto, y la mayoría eran de Martin Munkacsi, el artista que influenció sobre la mayoría de sus colegas en materia de fotografía editorial.

Avedon profundizó los estudios de fotografía pero su espíritu aventurero lo llevó a querer conocer el mundo y enrolarse en la marina mercante. Llevó como equipaje una cámara Rolleiflex regalada por su padre, que le permitió ser admitido para realizar las fotos de identificación de todo el personal. Durante este período de su vida llegó a hacer más de cien mil retratos, un entrenamiento de lujo para lo que más tarde sería una de sus especializaciones.

 

Veinte años en Bazaar

Al terminar la guerra, trabajó en los catálogos de Bonwit Teller, una tienda neoyorquina, lo que le permitió reunir un portfolio de moda de tamaño interesante. Su profesor, Alex Brodovitch, director de Arte de Harper’s Bazaar, lo recomendó en la revista donde comenzó a trabajar a los 21 años y en 1946 ya era Jefe de Fotografía. Con el apoyo de Diana Vreeland y Carmel Snow, entonces editora de moda y directora respectivamente, Richard Avedon entró a formar parte de la edad de oro del diseño gráfico y los editoriales de moda.

Esta etapa fue fundamental en su vida profesional. Viajó a París y conoció una ciudad que, si bien estaba levantándose de las secuelas de la guerra, seguía siendo estimulante para los protagonistas de la moda.

 

Allí sus imágenes ganaron frescura y movimiento. Una modelo en patines por la Place de la Concorde no era algo habitual pero mucho menos lo era la elegante Dovima –modelo de la época- enfundada en un Dior junto a una pareja de elefantes. Hoy no nos sorprende porque su inspiración sigue siendo una fuente inagotable hasta la actualidad, y es que efectivamente la moda no volvió a ser la misma después de que Avedon “explotó” en las páginas de Bazaar. Coco Chanel, Elizabeth Taylor, Brigitte Bardot, Audrey Hepburn son algunas de las portadas emblemáticas de la revista durante los casi 20 años que el artista se desempeñó en la publicación.

Su impulso ayudó a reposicionar la Haute Couture y a la venta de cosméticos. Y dotó de identidad a los “maniquíes vivos” para convertirlos en modelos. No se trató solo de un cambio de termino sino de concepto, el artista llevo esos rostro anónimos y hieráticos a ser seres con nombre (a veces también con apellido), dueña de jugosos contratos pero también en objetos de consumo. Algunas de ellas eran Suzy Parker, Dorian Leigh, Sunny Hannet, Lesley Lawson, Carmen dell’ Orefice (quien continúa trabajando a sus 85 años), y más cercanas en el tiempo, Twiggy, Jean Shrimpton, Penelope Tree o Veroushka. Con su ayuda se fue forjando el concepto de super top model como hoy lo concebimos.  “Son un grupo de mujeres inseguras, asustadas e inmaduras; muchas se han sentido feas desde niñas -demasiado altas o delgadas- y traumadas por su aspecto. Tú tienes que hacer que se sientan hermosas”, recomendaba. Tal empatía producía con ellas que terminó por casarse con una muy talentosa, Dorcas Nowell.

 

El pase de año (1966)

Muchas veces había sido tentado por Vogue pero jamás respondió a los llamados del legendario director editorial de la revista, Alexander Liberman. “Avedon había perfeccionado una especie de salto caminado que hizo que la moda y la presencia de las mujeres cobraran vida”, admitió el director recordando esa época. Lo quería para su publicación.

Avedon recién lo considero cuando la editora de moda Diana Vreeland emigró de Harpers’ Bazaar hacia su competidora –de menor relevancia en ese entonces- de Condé Nast, en 1963, y en 1966 realizo el pase “del año” de que se rumoreó hubo en juego un millón de dólares para convencerlo.

En este medio supo captar el espíritu moderno y desprejuiciado de los 60. Twiggy, Lauren Hutton, Veroushka y sobre todo la desgarbada Penelope Tree, fueron sus favoritas. “Las modelos bailaban, saltaban por el aire, montaban en bicicleta, daban volteretas y de algún modo se las arreglaban para verse perfectamente cómodas llevando las absurdas prendas metálicas y de plástico que Courrèges y Rudi Gernreich y otros diseñadores de los sesenta inventaban”, señaló Liberman.

La técnica del “fondo neutro” y la provocación

El fotógrafo estaba en sus 40, lleno de capacidad y energía. Una de sus innovaciones fue el famoso “fondo neutro”, un papel blanco, negro o gris, que hoy es habitual usar en fotografía. Si bien esta práctica ya existía, él lo emplea con pericia para sacar de contexto a la persona en primer plano y enfoca toda la atención sobre ella. “El fondo blanco aísla al sujeto de sí mismo y te permite explorar la geografía de su cara; el continente inexplorado en el rostro humano”, decía. El retratado o la modelo en medio de un salto, quedaban con el aire de estar solos en el mundo.

Otra característica de su modo de trabajar era la provocación. Así como en sus sesiones de moda buscaba la empatía con las modelos, con políticos, intelectuales y famosos en general, buscaba algún tipo de emoción en su entrevistado para “sacar” el alma afuera. Una charla previa con su modelo iba preparando el terreno. Pero a veces el vínculo que se establecía no siempre era el ideal. Por ejemplo, en un trabajo en blanco y negro, que se publicó en la Rolling Stone, y que incluía a las personas más poderosas del mundo, Henry Kissinger le pidió piedad antes de comenzar la sesión, pero el resultado fue frío aunque correcto. “En el mismo instante en que una emoción o un hecho se convierte en una fotografía deja de ser un hecho para pasar a ser una opinión. En una fotografía no existe la imprecisión. Todas las fotografías son precisas. Ninguna de ellas es la verdad”, resume Avedon.

Su obra cumbre no incluye tomas de moda ni personajes influyentes. Entre 1979 y 1984, Avedon tomó su fondo blanco y lo transportó a la costa occidental de los Estados Unidos. Avedon había recorrido un total de 189 poblaciones en 17 estados; había fotografiado a 752 personas entre las que había presos, mineros, amas de casa, vagabundos, predicadores, personas que nunca escribirían la historia de su país.  De ésta colección, escogió 123 retratos que conformarían la serie In the american west  y a pesar de lo diferente del contenido, con su labor habitual, es un trabajo limpio, elegante y provocador.

También publicó antologías de su obra como Observations (1959), Nothing personal (1974) y Portraits (1976) y creó su Fundación. Murió el 1° de octubre de 2004 en Texas, a los 81 años, cuando se encontraba trabajando para la revista The New Yorker en un encargo titulado On democracy, que intentaba capturar un dividido Estados Unidos de cara a las elecciones y que fue publicado de forma inconclusa.

 

El video es del sitio www.xatakafoto.com

La foto de portada es del fotógrafo Eamonn McCabe

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