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¡Larga vida a la bikini!

Hace 4 semanas

Cerramos los ojos y escuchamos música de playa. Desde un tema de los Beach Boys hasta cualquier “hitazo” del verano, esos compases nos transportan y nos hacen evocar cuerpos dorados, libres y saludables. Y una bikini, claro. Una rápida consulta a mi alrededor sobre cuál creían que era la mejor representación de una bikini icónica, tuvo múltiples respuestas según la edad, el género y la memoria de quien respondió.

 

Por Patricia Melgarejo

Gigi Hadid fotografiada para Sport Illustrated, sin duda”, fue la respuesta de las millennials fashionistas que la siguen en Instagram. Pero también dentro de esta generación hubo votos por cualquier imagen de Pampita (madre de 3 hijos y cercana a los 40) en ese traje de baño. Una amiga respondió “Brigitte Bardot en Saint Tropez”; un señor grande miro al cielo y con un suspiro aseveró “Sophía Loren en la película Ayer, hoy y mañana”. Un colega cinéfilo lo pensó y decidió que su versión favorita era Salma Hayek en Abierto hasta el amanecer, un filme imposible de clasificar, producido por Quentin Tarantino, donde, efectivamente, una de sus virtudes era la figura potente de la actriz mexicana. Mi personal trainer apuntó a la eterna modelo Elle Macpherson, incluso ahora en sus 50.

Mis favoritas son varias: dentro de las locales, Isabel Sarli joven y natural; Raquel Welch, paleolítica y enfundada en un modelo de piel, o Madonna en un dos piezas de vinilo creado por Dolce & Gabbana para su Girlie Show del año 93. Pero con seguridad la más impactante siempre será Ursula Andress emergiendo del mar y armada para matar en un filme de James Bond, El satánico doctor No. También incluyo a Halle Berry en un atuendo similar, un claro homenaje a su predecesora, en otra película más reciente del mismo espía británico.

Pero si nos remontamos en el tiempo ya se pueden ver en la Prehistoria, en el yacimiento arqueológico turco de Çatal Höyük, algunas prendas parecidas. También en pinturas y murales del siglo 1600 a.C., encontrados por arqueólogos italianos en la Villa Romana del Casale –en la ciudad siciliana de Piazza Armerina–, las imágenes que decoran los mosaicos muestran mujeres que danzan vestidas en dos piezas. ¿Esclavas orientales o africanas, tal vez?

El comienzo 

En 1946, el gobierno de Estados Unidos evacuó a los habitantes del atolón Bikini –parte integrante de las islas Marshall– para realizar hasta 1958 , unas 67 pruebas nucleares sobre ese trozo del océano Pacífico. Si bien la historia es escalofriante, sus consecuencias laterales siguieron por un camino bien alejado.

La historia cuenta que un ingeniero francés, especialista en la mecánica del automóvil, llamado Louis Réard, debió hacerse cargo de la mercería familiar a la muerte de su madre pero el contacto inesperado con la lencería femenina y el sueño de mudarse a Tahití como el pintor Paul Gauguin, lo estimuló más que el comercio y lo condujeron a imaginar una prenda que apenas cubriera el cuerpo femenino en las zonas que comprometían el pudor. Su “dos piezas” fue bautizada como bikini en alusión a la explosión que produciría su difusión.

Según algunas fuentes, el diseño de Louis Réard fue una reinvención, ya que las nadadoras ya solían usar un traje de baño, dividido en dos partes, diseñado por Jacques Helm en 1932. Al principio era algo así como una camiseta y un short, pero luego tomó formas parecidas a la supuesta invención del ingeniero quien fue astutamente el único que registró el bañador y lo promocionó.

Al ingeniero le costó presentar su creación porque las modelos se negaban a vestir bikini. Ese fue el momento de Micheline Bernardini, una stripper del Casino de París y frecuente participante de fiestas privadas de la capital francesa, de solo 19 años decidió participar. El 5 de junio de 1946, el diseñador y su modelo consagraron la diminuta prenda de baño para siempre. Ese diseño en particular era bastante jugado porque la parte inferior, muy cavada, tenía más de tanga que de culotte y el corpiño era bien pequeño. Hecho de tela con la estampa de un periódico impreso, constaba de cuatro triángulos en total, algo así como la reutilización de retazos de tela. Lo presentaron en una pileta pública y por supuesto fue un escándalo. La minúscula vestimenta llegó a estar prohibida en Francia, España, Bélgica y Portugal en 1949, pero solo en la costa atlántica. Los desinhibidos balnearios del Mediterráneo la permitieron y la promocionaron como parte del atractivo turístico, incluso los italianos después de algunas dudas.

Su difusión no fue inmediata, pero sin duda el cine ayudó mucho para que se impusiera definitivamente.En 1952 la película Manina, la fille sans voile presentó a la bellísima Brigitte Bardot en un personaje a su medida. Era la hija de un guardafaro que conoce a dos aventureros que llegan a la isla donde ella habitaba, en busca de un tesoro. Buena excusa para hacerla vivir en la playa toda la película, tanto es así que en español y en inglés se la tradujo como La chica de la bikini. Esta aparición y su presencia en Cannes paseándose en traje de baño durante los festivales de cine, impuso de una vez por todas la creación del ingeniero.

En Estados Unidos, tanto Rita Hayworth como Ava Gardner fueron de las pioneras en el uso de este minúsculo bañador. Hay fotos anteriores a la presentación de Réard con famosas que la usaban pero la imagen de Marilyn Monroe posando con sensualidad o jugando al zambullirse en una pileta llamó más la atención que cualquier desfile de modas. Tal vez esta audacia le valió la tapa y una prolongada producción interior en la revista Playboy de diciembre 1953.

Una foto muy conocida de Marylin con un dos piezas a lunares inspiró unos años más tarde al cantante Bryan Hylan su famoso tema El bikini a lunares amarillos donde cuenta la historia de una chica pudorosa que teme salir del agua sin alguna porción del bañador. En la Argentina, popularizó esta canción Lalo Fransen, un integrante del mítico Club del Clan. En los años 80 volvió a ponerse de moda en una divertida versión de la banda femenina “Viuda e hijas de Roque Enroll”.

No hay sexy sin bikini

El término “bombshell” que identifica a una mujer sexy con una bomba, es muy antiguo en la lengua inglesa, pero cobró fuerza con este significado en los años 30 para definir a Jean Harlow y se popularizó aún más en referencia a Marylin Monroe. Lo cierto es que la comparación de una femme fatale con una bomba se acentuó con el uso de la bikini. Doble explosión. En español también el término “bomba” designó a las curvilíneas de turno. Hoy quedó en desuso o a lo sumo es old fashion.

En 1962, seguidores de las historias del escritor Ian Fleming en cine, se deslumbraron cuando vieron emerger de las aguas a la actriz suiza Ursula Andress con una bikini blanca con cinturón y machete sobre la cadera, en la película El satánico doctor No, una de tantas historias de James Bond protagonizadas por Sean Connery. Un papel aparentemente secundario –era la segunda chica de 007– pero que la lanzó al estrellato. En 2002, cuando el espía británico era interpretado por Pierce Brosnan, la que emergía de las aguas era una silueta aggiornada a la época: Halle Berry, morena y más estilizada que la Andress, salía del mar con una bikini similar pero en color naranja. Un guiño a los seguidores de la saga. El impacto fue grande, pero no tanto como el que había provocado su antecesora.

Sofía Loren también generó fantasías masculinas cuando participó de la cinta Ayer, hoy y mañana (1964), y mostró con esta prenda un cuerpo que era canon de belleza en esa década, pero que ya comenzaba a cambiar. Pronto se impondrían los cuerpos más delgados y andróginos.

Antes de que esto ocurriera, Raquel Welch fue la imagen de Un millón de años A.C., filme que intentaba reconstruir la prehistoria de la humanidad. “No quería usar esa bikini de piel. No quería hacer una película de dinosaurios”, aseguró la actriz, pero por suerte la convencieron y siempre será la musa paleolítica en nuestras memorias.

En los 70 la bikini ya estaba perfectamente instalado. Los cuerpos de mujeres reales y de modelos estilizadas propagaron una estética de libertad en todos los veranos. Los cortes cambiaron: los triangulitos pequeños se adaptaron a un busto más reducido, los anudados en la cadera y uniendo el corpiño o a la espalda causaban furor y permitían mayor versatilidad a la prenda. El tiro bajo acompañó a la misma moda en los jeans. La tendencia hippie impuso las bikinis tejidas al crochet, y los  concursos, auspiciados por bronceadores, terminaron de consagrar la prenda. Tanto que pasó a diferenciarse entre bikini propiamente dicha y dos piezas, más parecido al diseño originario, donde se veía menos superficie de piel.

Las marquitas blancas que dejaba el traje de baño se convirtieron en símbolo erótico. Y lo sigue siendo, tanto que en Brasil hasta se “dibujan” artificialmente para ganar sensualidad. Sin embargo, fueron la pesadilla de las productoras de moda de las revistas, que las maquillaban prolijamente para mostrar un cutis homogéneo en las fotos, hasta que se inventó el Photoshop.

  

 


Un loco fin de siglo

En los 80  y 90, Brasil se hizo famoso internacionalmente no solo por el fútbol y el Carnaval, sino también por sus hermosas mujeres que pronto irrumpieron en el mundo de las modelos. Pero antes de que estas bellas garotas demostraran su desparpajo en la pasarela, lo hicieron en las playas de Ipanema cuando adoptaron la tanga. Podríamos definirla como un taparrabos que por detrás solo se sostenía con un hilo dental, y si bien era común su uso entre los indígenas tupí, su nombre deriva de Tanganica, una región del África donde también era habitual en las ropas típicas.

Quien esto escribe aprendió a usarla en las arenas cariocas donde también se sorprendió al ver por primera vez mujeres embarazadas en bikini. Aquellas pancitas doradas entre las olas eran todo un desafío a las pautas culturales férreamente aprendidas: para una argentina, durante los nueve meses había que usar ropas amplias que cubrieran lo evidente, blusas con lazos para disimular… y el bebé se mostraba una vez que había nacido. Desde Río, con la tanga –más su versión masculina, la zunga, bastante menos glamorosa– y el embarazo ostentado con orgullo, la libertad de los cuerpos llegó hasta el extremo sur del continente.

Madonna recorrió el mundo  con su espectáculo The Girlie show en 1993. Allí se presentó vestida por D&G. El prestigioso dúo diseñó en particular una bikini con la parte inferior que era casi un short, realizado en vinilo negro lo que agregaba sugestión a la cantante cuando interpretaba Fever. La bikini ya no solo era ropa playera o de vedette de revista. Llega al escenario musical de la mano de la Alta Costura y la reina del Pop.

El resto del fin del siglo XX y principios del XXI muestran cuerpos flexibles como juncos e híperdelgados. Como los de la modelo Pampita, frecuente tapa de revistas Gente y Caras marcando las ondas del verano local, o el de la brasileña Gisele Bündchen, recurrente en las portadas de Vogue.

En lo que llevamos del siglo XXI, la moda retoma las claves de los 80 y 90. La parte inferior muy cavada, culotes con tiritas a la altura de la cadera, tankinis con top crops (musculosas que dejan ver la panza). Los bronceadores son reemplazados por protectores solares, los concursos que en décadas pasadas promocionaron las mejores “colas” de la playa, son cada vez más cuestionados. El tradicional certamen de “Miss Ccola Reef” de Mar del Plata, fue reemplazado por una competencia de trucos y maniobras de surf. En Brasil, el clásico Miss Bumbum origina cada vez más polémica. El verano pasado, ocho chicas en bikini realizaron una producción fotográfica que recreaba La última cena de Leonardo Da Vinci. Para este año lucieron dos piezas hechas de carne (inspirada en un vestuario que usó Lady Gaga hace un tiempo) en una producción para quejarse de quienes las tratan como objetos sexuales. “No somos un pedazo de carne”. Y en medio de la discusión, la bikini está en danza.

Es parte de nuestro guardarropa, cualquiera sea la edad y el físico. Más o menos cubritiva, esta minúscula prenda luce tan bien en las estilizadas hermanas Hadid como en la excesiva Kim Kardashian. Y se ve tan sexy en Malibú como en la terraza de un edificio urbano. ¡Larga vida a la bikini!

 

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